A inicio de los tiempos del jaguar del reinado maya, vivía un hombre cuyo nombre no puedo precisar. Sin embargo viejas memorias ocultas en lo más profundo de mis vidas, me llevan a asegurar que era un soldado y que algunos lo llamaban Miztli Ilhuitemoc, que -por así decir- significa Puma que desciende del cielo. Él vivía desolado desde que una mujer llamada Yohualli (Noche), partió hacia Xibalbá; al alejarse de él su amada, no sólo se llevó una pieza de Jade tallada por las manos del guerrero, sino también su corazón y emociones.
Día y noche Miztli se alejaba cada vez más de la sociedad Maya, partía a los horizontes más lejanos del glorioso reino. Sin imaginarse un día encontró un intempestuoso y frío río, que en sus caudales viajaban almas hacia Xibalbá. En su inmenso dolor y desesperación corrió hacia ese mortal destino, presuroso se sumergió en las aguas oscuras de ese dolor, que poco a poco lo fue tomando… Antes de sumergirse completamente, logró vislumbrar a Yohualli acompañada del Xoloitzcuintle. Ella lo miró con dolor y de un golpe lo sacó del temible camino. Le cuestionó que porqué se había rendido tan fácilmente, a lo que él respondió que desde su partida ya no le encontraba sentido a seguir y jamás encontraría ese amor que de ella surgió. Con esperanza en sus ojos, Yohualli pronunció pocas palabras: tienes que seguir por mí; algún día nos volveremos a encontrar. Ve y vive tu vida, que hay alguien que anhela por encontrar un noble corazón como el tuyo. Después de oír estas palabras, Miztli cayó inconciente y su amada despareció en aquel inmenso río.
Él despertó tiempo después con un amargo sabor a sangre y muerte en su boca; el río había desaparecido y ya no había más rastro de la Noche que siempre amó. Desconsolado, regresó nuevamente al gran reino Maya.
Los primeros días después de su encuentro, fueron aterradores, frívolos y un sentimiento de melancolía, se había apoderado de su corazón, que con el paso de los segundos se tornó negro, quedando sólo odio, desesperanza y dolor.
No puedo asegurar una fecha, pero si puedo explicar los hechos: mientras Miztli se convertía cada vez más en un demonio sin conciencia, una guerra se acercaba al poderoso imperio. Una noche, cuando todo estaba en silencio y calma, ocurrió el golpe, mil coyotes cayeron del resguardo del abismo, motivados por Kakupakat (dios de la guerra). A su paso destruían todo, no tenían remordimiento alguno, mataban por igual a un guerrero armado que a un niño. En esa sangrienta noche, Miztli estaba a la luz de la Luna tratando de encontrar alivio para su dolor, como lo venía haciendo desde hace tiempo. No se percató del horrible destino que la ciudad corría. En un instante, él colocó su cabeza hacia la Noche y el Cielo, y en medio de su incesante dolor, encontró el festín de sangre y destrucción en el que estaba sumergido su pueblo. Se congeló en ese lugar aterrado por lo que sus ojos podían ver a lo lejos, no sabía que hacer y en ese momento una voz le susurró al oído: “ve”, y el viento le dio una palmada en la espalda como si algo le estuviera diciendo que tenía que estar en esa batalla. Aterrado corrió hacia las incesantes llamas y a cada paso que daba, podía escuchar más los gritos de desesperación, de odio y de destrucción que de la ciudad salían.
Poco antes de llegar a la ciudadela encontró a un guerrero al borde de la muerte, quien le pidió que cargara una vez más su vieja lanza para proteger a los habitantes del pueblo Maya. Él se quedó inmutado ante tales situaciones, todo apuntaba a que en esa batalla había algo o alguien que lo llamaba. Corrió hacia el festín de sangre y rabia; a su camino el mismo sabor amargo a muerte que saboreó en aquel río, se presentaba cada vez más y a cada centímetro que avanzaba, su alma se teñía de miedo y asombro. Sin tener conciencia y esperanza, entró al imperio destruido y no pudo encontrar ni una sola vida en pie, todo estaba reducido a escombros y cenizas, mientras que el olor a sangre y gritos impregnaba el área.
Él no sabía si todo era una pesadilla causada por el dolor de su perdida o si lo que veía era real. Aunque su cuerpo y mente pedían a gritos salir corriendo de ese lugar, su corazón y alma le pedían que continuara avanzando más. Ya adentrado en las penumbras con una vieja lanza en mano, Miztli se dispuso a encarar el destino que le aguardaba. Caminando de manera sigilosa se acercó al campo de batalla, donde demonios que parecían coyotes mataban sanguinariamente a hombres, mujeres y niños por igual. De entre el fuego de una casa, salió uno de ellos, parecía que se quemaba pero el fuego no lo debilitaba y por el contrario lo motivaba a buscar más sangre; Miztli no sabía que hacer ante tal situación, tembloroso apretó la lanza y corrió hacia él, lo encaró de frente y trató de atravesarlo con su arma, pero el demonio envuelto en fuego parecía insuperable y en sus ojos se podía ver el vacío de su corazón. Sin embargo Miztil no temió a su enemigo y luchó con toda su fuerza para defender la vida de su gente. El demonio lo acechaba y con su macuahuitl (espada de madera con navajas de piedra) lo trataba de golpear, el ataque era incesante y parecía que a cada movimiento del terrible asesino, Miztli se quedaba sin aire, como si a cada golpe el fuego consumiera toda vida existente; la atmósfera recrudeció y Miztli pensó que era su fin, que el único motivo por el cual el destino lo llamaba a ese lugar era para morir con honor… Abandonó toda esperanza y soltó su arma, aguardando por el golpe que le acertara la muerte. Estando a segundos de sentir el frío amargo de las navajas del macuahuitl, oyó de nuevo esa voz que al principio lo llamó, pero esta vez era más fuerte el sonido; el tiempo se congeló y observó a su amada Noche caminar a lo lejos en el campo de guerra: envuelta en el velo de las estrellas le sonrió una vez más y caminó hacia una casa que estaba en llamas; él gritó desesperado que no fuera a ese lugar y que no se alejara de nuevo de él. El tiempo se comenzó a acelerar volviendo a la normalidad. Miztli sabía que la voz que lo había llamado era la de su Noche, entonces entendió que no podía rendirse. El temible coyote enemigo lanzó su macuahuitl con fuerza hacia Miztli, como si tratara de golpearle el alma, él no se podía rendir y mucho menos morir; tratando de esquivar el ataque, tomó el arma con las manos y alcanzó su lanza y sin dudarlo, la clavó en el pecho de su enemigo, logrando acertarle la muerte. Lleno de sangre ajena corrió hacia donde vio por última vez a su amada, pero el camino estaba repleto de enemigos. Él no temió, pues ahora tenía un motivo por el cual pelear, así que se dispuso a realizar su peligrosa tarea. Tomó un chimalli (escudo) y un macuahuitl que estaba tirado a un costado del cuerpo inerte de uno de ellos. Los coyotes lo lograron ver cuando se acercaba a la casa, sin embargo su figura ya no era temerosa sino temible: la sangre de su enemigo derrotado lo había cubierto en el rostro y cuerpo, el escudo quemado y medio destrozado lo hacia lucir más fuerte, mientras que el macuahuitl lleno de sangre parecía que gritaba por más. Ante tal figura los coyotes dudaron al atacarlo y eso fue el grave error que les costó la vida, ya que Miztli ni un segundo dudo para seguir su camino. Sin embargo con convicción no se gana una pelea y aunque motivado por la Noche, era un inexperto en las armas; pudo despejar el camino hacia ese lugar al que anhelaba llegar, pero su fuerza había sido mermada a su paso. Cansado logró entrar a esa casa, el humo ocultaba todo y no había rastro alguno que lo acercara a su amada. Gritó desesperado su nombre una y otra vez sin conseguir una respuesta favorable; el viento comenzó a soplar fuerte pero el humo no se despejaba; de repente los gritos se hicieron ecos, él se empezó a perder en sus memorias, todo transcurría extrañamente lento y, de nueva cuenta, el tiempo se empezaba a congelar. Justo cuando el tiempo se detuvo escuchó una vez más esa voz que lo había llamado, pero esta vez pedía ayuda y comenzaba a sonar más y más fuerte en sus oídos, viajando de ellos hacia lo profundo de su alma. El tiempo comenzó a girar de nuevo hacia la normalidad, pero lo hizo de un solo tajo, de manera tan repentina que estremeció todo el lugar. Golpeado por el extraño fenómeno tardó tiempo en volver en sí, pero al hacerlo pudo ubicar que el sonido de la voz venía de la parte de atrás de la vieja casa, entonces corrió hacia ese lugar. El pequeño cuarto estaba inundado por fuego y en un rincón, estaba una mujer recostada, parecía su Noche. La gruesa capa de humo no dejó que Miztli pudiera comprobar si era ella o no, pero a él no le importó y la estrechó fuertemente contra su cuerpo para salir corriendo de ese infierno. Con la sutil figura femenina entre sus brazos corrió hacia la puerta, pero antes de llegar a la salida, uno de ellos cubierto con una piel de coyote lo atajó; sus ojos tenían rabia y odio, en su mano traía un chiyom (Látigo), parecía como si no tuviera calidez humana. Sin decir palabra alguna extendió la mano y señaló a la mujer que llevaba Miztli en sus brazos, parecía que lo único que buscaba en ese lugar era a ella, pero Miztli no la dejaría en manos de él. Miztli no respondió nada y con la cabeza se negó a entregarla, a lo que su enemigo arremetió con un gruñido como sí no fuera humano, golpeó iracundo el piso y de nuevo insistió sin decir palabra alguna, Miztli nuevamente se negó y esta vez, colocó a un lado de él a la mujer que cargaba como su vida. Ninguno de los dos pronunció un sonido que se pudiera precisar como palabra, sólo la estática del viento lo mostraba todo. Miztli estaba muy cansando y ya no tría las armas que usó para abrirse paso hasta la casa, pero no dejaría que su enemigo obtuviera lo que pedía, así que se dispuso a pelear con su alma; su enemigo usaba su mirada para lacerar el valor que tenía. Todo se convirtió repentinamente en fuego, el lugar parecía la sexta casa de Xibalbá. Inició la pelea, Miztli tomó un leño con fuego para poder atacar, mientras su enemigo cortaba el viento con los golpes del chiyom. No parecía que Miztli pudiera ganar esa batalla, pero lo daría todo por defender a aquella mujer, así que utilizó lo que él creyó que era su último aliento para derribar a su adversario y arrojarlo hacia las llamas. Ambos cayeron al fuego, el calor era eterno y destruía todo a su paso, pero la piel de coyote de su enemigo no sufrí cambio alguno. Pronto todo esperanza de Miztli quedó nuevamente destrozada, no quedaba más, él y su enemigo yacerían en esa temible tormenta roja… Sin embargo un eco a lo lejos apagaba los gritos de dolor del imperio Maya; el sol revelaba que el ejecito enemigo era replegado por la fuerza de los soldados. En ese momento, Miztli se encontraba casi inconsciente y la brisa matinal le ayudaba a mantener los ojos abiertos, su enemigo estaba a un costado de él sin moverse, pensó que había cumplido su tarea y trató de ponerse en pie, pero su enemigo igual seguía con vida aunque estaba muy maltrecho; sólo se miraron mutuamente y cuando su enemigo trató de tomar a la mujer, Miztli lo sujetó de su brazo, haciéndole saber que ni hasta el final se rendiría. El hombre con la piel de coyote se percató de que la derrota era obvia, su ejército estaba abatido huyendo hacia la oscuridad; se molestó y en un intento por vengarse, tomó a Miztli del cuello para intentar matarlo, no quedaba más que tomar la vida de la persona que frustró sus planes. Miztli no tenía fuerza y sólo se quedó sin hacer nada. La mujer que había permanecido en silencio, gritó desesperada tratando de salvar al guerrero, pidiendo ayuda para salvar la vida que le cuidó a ella. El eco viajó por las ruinas de la ciudad destruida, ocasionando que todos miraran a aquel lugar. Él enemigo escuchó con temor el gritó de esperanza y sabía que si permanecía un segundo más en ese lugar, sería su final. Molesto miró a la mujer y a Miztli y huyó hacia la oscuridad que le dio abrigo para poder atacar. La mirada con la que escapó dejó un eco en lo profundo de los pensamientos de esos dos sobrevivientes, y Miztli jamás podría olvidar una mirada tan llena de odio y rencor.
La mujer continuó pidiendo ayuda, hasta que llegaron a ella diversos soldados del imperio, les suplicó que ayudaran al misterioso guerrero que había salvado a la hija del Ahau (Gobernante de la provincia). La mujer se llamaba Atlanxochitl Citlalin (La más bella flor del mar-Luna: la más bella flor del mar lunar) y en sus brazos tenía el cuerpo casi sin vida de Miztli; él no la pudo ver en ese momento y creyó que salvó a su amada de las brazas de Xibalbá.
En el tiempo que estaba inconciente, Miztli soñó con un campo de flores y de nuevo su amada Yohualli estaba alado de él. Yohualli le tenía en sus brazos y le dijo que todo había pasado, que ella lo amó con toda su fuerza, pero que era tiempo de dejarla partir y como no quería verlo triste, le buscó un corazón noble y puro como el de él: “la noche ha pasado, es momento de que vives y siguas tu camino, algún día estaré de nuevo a tu lado, por mientras sé feliz y vive con una mujer que puede amar tanto como tú. Me hes difícil irme, no hagas mi partida más dolorosa. Por el amor que hay en tu corazón te esperaré al otro lado del río y después de las seis casas. Anda ve y sigue que yo esperaré por tu amor”.
Fin capitulo uno
[Recuerdos escritos] Hay momentos en los que no hay nada y no queda más porque escribir; en ese instante en que los sentimientos no encuentran salida para expresarse, estuviste ahí, me acompañaste e indicaste el camino correcto para seguir; por eso te doy las gracias y sólo te digo que estas palabras no serían nada sin ti, no tendrían sentido de ser, pues yo sólo soy el que expresa sentimientos y explica situaciones, y tú eres la que los crea… Las palabras sobran y los momentos faltan, pero aunque inciertos y pocos, sé que estás ahí: una flor azul que ha quedado grabada en mis pensamientos y emociones.

Behind the stones and fire by José Uriel Gómez Raga is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 México License.
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1 comentarios:
Hola, disfruté mucho la lectura. Es un motivo que en lo personal me atrae mucho y en esta lectura hay varios elementos bien logrados. Estaré esperando la siguiente entrega. Saludos!
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