Una blanca Navidad iniciaba un año más, todo era singular y peculiar: tianguis y tiendas vendían sin parar, y muchos en el “monte” iban a dar. Nieve por allá, fraudes desde acá, pero todos festejaban Navidad.
Esta historia inició desde las manos de un panzón, quien reía cual Santoclós, pero era un bribón. El villano personaje, vestía el ultraje y engañaba a una villa sin chantaje. Presagiaba enfermedades pasajeras, que más bien eran certeras y acababan con las vidas venideras.
En la villa no había dinero, todo era un negocio artero, pero el esmero a todos hacia el primero. Compraban por acá, empeñaban por allá, pero todo llegaba al árbol de navidad.
Nuestro villano no era el más malo, sino que tenía detrás un malvado: lo llamaban Felipín y tampoco era del todo un maloso, sino que era empalagoso y nadie lo quería por meloso.
Felipín tramó un plan, el cual cría que a todos iba a gustar, y así con una eterna felicidad, todos lo iban a aclamar y ya nunca se iban a burlar de las tarugadas que hiciera sin pensar.
Entonces los dos envalentados por el ron, se pusieron en marcha y sin su amigo Esparza, iniciaron su peregrinaje, pues tenía que pasar por un traje y llevarse a un personaje.
Así inició su malévolo plan, que tenía por finalidad: tomar a Santa y la navidad…
Recorrieron la villa, pero ni uno sabía: donde quedaba la casa de Santa, pues el Norte está muy lejos y por los ladronzuelos, ya él no llega de lejos. Sin embargo antes de llegar al hartazgo, el gordito recordó algo: Papá Noel tiene corresponsales y uno de ellos trabaja en metro Pino Suárez.
En par corrieron al lugar. Llegaron más cansados que motivados, pero hablaron con él y esperanzados, trataron de convencerlo de esperar, ya que según ellos: navidad podía aguardar, pero él no desistió de su tarea, pues mil niños aguardaban la faena. Molestos le pregonaron: “¡No vayas o estarás vetado! Mil leyes haz quebrado y de los impuestos ni se diga, Hacienda no fía pero sí desconfía”. Sin embargo, el viejo bonachón no temió y los encaró: “Pueden tratar de detenerme, pero deberían temerme, pues a ladrones y perros guardianes me enfrentó todas las navidades. Hasta ahora nadie ha podido atorarme y por el contrario, han sabido amarme”.
Con esas acusaciones, nadie cae en rencores, pero Felipín lleno de ardores, estructuro un par de labores: le pidió una foto de recuerdo, pero la quería con el traje en su cuerpo, según él lo haría lucir más esbelto. El amable viejecillo accedió y de todo se despojó, botas, cinturón y traje se quitó, y todo junto le entregó. Pero justo al final, Felipín señaló que el viejo bonachón en cueros había quedado, mejor que entrara a la bolsa, no querría pescar un catarro. El Santa Claus distrital sólo río y dijo: “a que hijo tan mandón, pero tienes razón”. Así entró a la gran bolsa roja y antes de respirar, Felipín lo había de atrapar, y con su amigo se dispuso a escapar.
Sin perder un segundo, Felipín pidió el mando y a su amigo le dio el cargo: “ponte el traje, juntos lograremos de este ultraje un buen pasaje”.
El gran impostor exclamó: “¡con este traje rojo, ni un ojo se dará cuenta del despojo! Jojojojojojo”.
Perpetuado la primera fase del plan, ambos se dispusieron a andar y juntos concretar: el gran robo de la Navidad.
Mediante engaños, robaron los renos a los enanos y juntos volaron, pero antes andar, pudieron recordar: el 0 no circula el viernes, así que en metro deberían viajar.
Como ladrones entraron y por bribones robaron, la Navidad según ellos, se estaban llevando.
Con los juguetes barrieron, al árbol destruyeron y al pavo le cayeron.
Todo a su paso quedaba destrozado, y ni al taxista propina le habían dado.
Una vez completada su labor, juntos brindaron sin un ardor; creían que habían logrado apagar el amor mexicano, según ellos, gastar era lo amado, y con su trato ya no quedarían ganas de gastar, y juntos la debacle lograron evitar.
Pero la sorpresa fue inesperada: muchas familias no lloraban y aunque sin dinero estaban, no parecían molestas o apagadas y por el contrario, brindaban con agua y juntos sonrían por la llegada de la temporada anhelada.
Las familias a la par pregonaban: “me han robado pero a mi familia no han tocado, y es lo bueno, ya que ellos son lo primero…”
Tras oír ecos por todos los rincones, dentro de sus corazones se oyeron estas declaraciones: “un problema no se tapa con otro y no debes elegir por otro, deja tú que vivan a su antojo…”
Arrepentidos, trataron de enmendar su camino e intentaron regresar a su lugar todo lo sustraído, pero ya era tarde, el sol alumbraba el desarme…
Corrieron sin descansar y a las casas fueron a dar, trataron de entregar lo que habían logrado sacar, pero en un hogar escucharon al gordo carcajear; ambos pensaron que los iban a ayudar…
Al buscar arriba, se dieron cuenta que no era el Santa distrital, sino otro que la idea les había ido a quitar y, como ellos, se trataba de enmendar…
“¿Quién eres?”, le preguntó. “El mecías tropical”, le respondió. “¿Y tú panzón?”, le replicó. “Soy Encinas Claus”, le contestó.
Tras el singular encuentro, todo quedó explicado: habían intentado la misma faena sin resultado, y ahora arrepentidos, trataban de quedar bien entendidos… Pero Felipín explicó la situación: esa no era su jurisdicción y tenía que regresar a su lugar, pues el Santa de la Roji-capa, sólo reparte en Iztapalapa.
Así siguieron lo que quedaba de la noche, encontrándose a cada fantoche, que igual tenía la cara de reproche…
Cansados decidieron enfrentar su destino final: ir a liberar al Santa distrital…
Con la cara agachada y las ropas en la mano, abrieron la bolsa de un solo tajo: salió el pobre cautivo, cansado y enfurecido, reclamando la desgracia en la que lo habían metido.
Pero el buen bonachón, tras escuchar su situación, decidió darles otra opción.
Entonces, se iban a marchar, pero antes de a la entrada llegar, Santa les dijo algo más: “¿Creen que no van a tener castigo e impunes se irán? No señores, primero como piñatas han de quedar, les dije que deberían temer, pues aunque viejo soy, mis fuerzas de joven son…”
Después de una paliza y una tremenda regañiza, Santa exclamó: “Navidad es para amar y no para engañar, pues en estas fechas se festeja algo mas que sólo comprar… Es una fiesta de bondad y de amistad… y recuerden mis palabras: Feliz Navidad…”

El ladrón de la navidad mexicana by José Uriel Gómez Raga is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 México License.
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2 comentarios:
Me encanta tu avatar, chococat!
Besos
Me encantò, el ingenio de la rima es muy audaz e ingenioso, la coloquialidad es cautivadora y el trasfondo político y del dominio publico me pareció de lo más pertinente. La historia tiene un inconfundible sabor tradicional mexicano, creo que ni en 2000 podría yo escribir algo tan bueno como esto. Felicidades!
(moonwarden)
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